El precio de la alianza
SYLAS
Estaba en un bosque de árboles de hielo, sus ramas brillaban con un resplandor etéreo. Caminaba entre ellos, guiado por una presencia invisible. De repente, el paisaje cambió: me encontré en medio de una batalla feroz. Dos ejércitos chocaban con furia, uno era liderado por una mujer con una corona y un arco de hielo; el otro, por una guerrera imponente, con un casco con cuernos y montada sobre su drüvask.
Las flechas cruzaban el aire y las armas chocaban como truenos. Permanecí inmóvil, mis pies no respondían a mis ordenes. Intenté gritar, pero ningún sonido escapó de mi garganta. Entonces las vi: tres figuras encapuchadas observaban la batalla desde la distancia. La del centro levantó una mano y la tierra comenzó a temblar, las otras dos mujeres encapuchadas cayeron en el abismo que se abrió bajo sus pies, al igual que los ejércitos. Entonces, me sonrió. Pestañeé aturdido y me sorprendí. Aquella mujer ya no me observaba desde la lejanía, sino que estaba enfrente mía.
Aquella mujer levantó la cabeza y me miró, sin embargo, una venda cubría sus ojos. Al quitársela vi dos pozos negros donde antes hubo ojos.
- Perdí la visión por querer dominar los secretos de la magia elemental - me confesó - pero tú... tú puedes aprenderlos sin pagar ese precio, si sabes donde buscar.
La figura se giró entonces y señaló los picos montañosos, desvaneciéndose como humo en el viento. Su voz sin embargo aún susurraba en mi oído.
- Deberás darte prisa porque el tiempo se agota. Debes encontrarlos antes de que mis hermanas regresen... antes de que el hielo se rompa y los horrores sean liberados.
Antes de que su voz se evaporara del todo, el suelo bajo mis pies se rompió y caí en un abismo sin fondo.
Desperté sobresaltado en mi tienda, con el corazón golpeando con fuerza en mi pecho. Era la tercera vez que soñaba con lo mismo, se estaba volviendo algo recurrente. Sabía que estos sueños no eran simples fantasías, pero no lograba descifrar que querían de mi... ni quien era esa mujer invidente. Sin embargo, sentía como el corazón me guiaba hacia algún lugar olvidado de Freljord. Un lugar que necesitaba encontrar.
Salí de la tienda, el azote frío del viento fue lo suficientemente fuerte para despejar mi mente de los restos del sueño. Tenia que centrarme en lo importante, mi objetivo, vengarme de la corte demaciana. Llevábamos varios días haciendo preparativos para partir. Pronto, Sejuani anunciaría nuestro destino. Mientras tanto, aproveché para afilar y pulir mis armas y las del arsenal.
- ¡Eh! Deja lo que estés haciendo, Sejuani te llama - gruñó uno de sus guardias personales, casi escupiendo las palabras.
Obediente aunque molesto por su tono, dejé la piedra de afilar a un lado y guardé mi cuchillo en el cinto. Luego me dirigí hacia la tienda. El guardia se mantenía a unos pocos pasos detrás de mí, asegurándose de que cumplía la orden de Sejuani. Me divertí un poco en el camino, ralentizando y acelerando mi paso a propósito para irritarlo. Al llegar, me detuve de forma brusca justo antes de entrar en la tienda, el centinela tropezó conmigo sin darse evitarlo.
- ¡Cuidado, hombre! - le espeté divertido - Deberías buscar un casco de tu tamaño, ese no te deja ver con claridad.
El guardia hinchó los alerones de su nariz, furioso, a punto de soltarme una retahíla de insultos o lanzarse sobre mí. Eran tan irascibles estos guerreros...
- ¡Maldito sureño insolente!
Sejuani salió de la tienda de repente y con el ceño fruncido me miró con dureza.
- Ya te has divertido bastante, deja de hacer el tonto y entra de una vez.
La seguí al interior, ella se sentó en la silla de su escritorio con pesadez. Me indicó con un gesto que me sentara.
- ¿Qué necesitas? - le pregunté, acomodándome frente a ella.
- Mi gente está inquieta desde tu llegada. He recibido algunas quejas sobre ti. No les gusta que un sureño los tome por tontos ni se burle de ellos. Por una afrenta menor, he visto a los míos pelear y cortar cabezas. Si es cierto que eran nuestros enemigos, esos estúpidos avarosanos... - reflexionó.
- Es muy fácil enfurecerlos.
- Es cierto, los guerreros de la Garra Invernal son muy apasionados y eso hace que salten con facilidad, pero también que sean feroces y valerosos en la batalla. Sin embargo, no es razón para irritarlos y enfurecerlos. Debo mantener el orden entre mis filas, el descontento me hace parecer débil y yo siempre debo ser una líder fuerte para ellos, para organizarnos. ¿No entiendes que si cuestionan mis decisiones también cuestionarán mi autoridad? No permitiré que se subleven - me confesó - Haldor me advirtió lo irritante que eras, sin embargo, sigue estando a tu favor y apoyando esta alianza, pero...
- Y así es - le interrumpí - Demacia sigue en el mismo sitio para que tomes de ella lo que te plazca.
- No me interrumpas - me gritó con rudeza, golpeando la mesa con fuerza. El casco posado sobre ella tembló. Callé de mala gana, no me gustaba que me dieran órdenes - Decía - dijo más serena - que la alianza no será beneficiosa para ninguno de los dos si estas discusiones tontas desembocan en una guerra interna. La Garra Invernal no puede debilitarse, eso solo beneficia a los avarosanos y, por ende, a tu querida monarquía demaciana - dijo con sarcasmo.
- Capto el mensaje. Dejaré las bromas para quien las entienda... - reproché. Sejuani se sujetó el puente de la nariz y movió la cabeza exasperada.
- Sabes, cuando llegaste, después de presentarme tu oferta, Jorund vino a mi tienda. Como mi mano derecha, hemos debatido sobre la decisión de ayudarte en tu guerra. Desconfía de que esto funcione, nunca se ha fiado de los desconocidos y menos de un sureño. Sin embargo, espero que se equivoque. He tranquilizado sus inquietudes para darte un voto de confianza. Ahora necesito que me devuelvas el favor, ha llegado el momento de que demuestres tu valía... para ganarte la confianza de todo mi pueblo y que me sigan hasta Demacia. Te ayudaremos a derrocar a tus reyes, pero primero debes ayudarme con los míos. He decidido que iremos a la guerra contra Ashe y los suyos, y quiero que nos acompañes y participes para que la alianza continúe.
Sopesé sus palabras unos segundos. Si quería que me siguieran a mi guerra, antes debía librar la suya, aunque su líder me apoyara, aun había gente que desconfiaba de mi.
- Entiendo lo que estás pidiendo, Sejuani - respondí, con voz calmada - Y sé lo que está en juego aquí. Esta guerra no solo decidirá el futuro de nuestras alianzas, sino también quién será el verdadero gobernante de Freljord
Sejuani asintió, sus ojos fijos en los míos, buscando cualquier signo de duda o vacilación.
- Así es. Ashe ha sido una espina en mi costado durante demasiado tiempo, es hora de poner fin a esto
- Cuenta conmigo para conseguirlo
- Esa era la única respuesta que esperaba de ti - sonrió - puedes retirarte, esta tarde anunciaré mi decisión
Me di la vuelta para salir de su tienda, pero una idea fugaz de mis sueños me detuvo. Los dos bandos que luchaban y caían me resultaron demasiado reales de repente, volví la cabeza hacia Sejuani.
- Antes de irme, quería aprovechar para comentarte algo, si me lo permites - tomé su silencio como aprobación - He estado teniendo sueños... visiones de dos bandos que pelean y caen en un abismo, y de tres mujeres que observan, una de ellas muy poderosa. También hay una magia salvaje que me atrae hacia algún lugar, pero no se donde. No se como interpretarlo, pensé que podrías ayudarme a entenderlos, tu conoces estas tierras mucho mejor que un extranjero como yo. Creo que me guían a algún sitio y que hay algo más grande en juego aquí, algo que va más allá de una guerra entre clanes.
Sejuani frunció el ceño, claramente molesta por el rumbo que estaba tomando mi conversación.
- No tengo tiempo para tus sueños, Sylas. Necesito tu compromiso aquí y ahora. Si quieres que esta alianza continúe, debes centrarte y seguirme al campo de batalla. No me importa lo que sueñes o lo que creas que está en juego. Lo único que importa es derrotar a Ashe y tomar lo que es nuestro por derecho. Ahora márchate, aclara tu ideas y prepárate, mañana partiremos y no quiero distracciones.
Como me había anunciado antes, Sejuani comunicó ese mismo día su decisión de comenzar de una vez la guerra por el territorio contra los avarosanos y sobre todo contra su líder, la comandante Ashe, la mayor enemiga de Sejuani. La noticia del casamiento de su enemiga con un bárbaro de una tribu vecina y la autoproclamación de ambos como reyes de Freljord encendió la ira de todos los guerreros de la Garra Invernal.
- ¡No me inclino ante nadie! ¡Ninguno de nosotros!, no nos arrodillamos ante nadie y menos ante falsos reyes, ¡No hay fortaleza en la servidumbre!. Ashe es débil de espíritu y una necia si piensa que la serviremos, igual que su pueblo. ¡Yo soy fuerte!, ¡Fui forjada por el invierno!, ¡Todos nosotros lo somos! y soy una conquistadora, yo soy la verdadera gobernante de estas tierras, yo soy quien debe gobernar Freljord. ¡Cogeremos lo que es nuestro! ¡¡La Garra Invernal no sabe de temor!!¡¡La Garra Invernal será eterna!!
A pesar de nuestro desencuentro hacia unas horas, sentí las palabras de la líder de la Garra Invernal como si hubieran sido mías. aunque aquel clan fuera menos numeroso que el del enemigo, había sido buena idea buscar ayuda en sus líneas. Sejuani y yo teníamos opiniones y pensamientos muy parecidos. Sin embargo, no podía negar que iba a ser una guerra difícil, aunque el clan de Sejuani estaba compuesto por guerreros fuertes, salvajes y agresivos, los avarosanos nos superaban en número y recursos. Podría irse todo al traste si no ganábamos la guerra, o si moría en la batalla.
- ¡Atacaremos Rakelstake! - sentenció - reclamaremos ese lugar sagrado para los avarosanos para los verdaderos freljordianos, ¡La estatua de Avarosa caerá hasta que no queden ni los cimientos!
Los guerreros la aclamaron con aullidos y gritos de júbilo, acto seguido Sejuani subió a su montura drüvask, Bristle, y lideró la marcha hacia los valles.
Después de días y noches de incansable caminata, por fin se reveló nuestro destino, el punto donde convergían todos los valles de Freljord estaba dominado por un vasto lago congelado. En su corazón, una pequeña península se internaba en las aguas, culminando en una imponente formación rocosa que parecía haber sido colocada allí a propósito. Una fortaleza se erguía en su perímetro, pero lo más fascinante era la estatua de hielo que la custodiaba: una enorme figura de una mujer, con corona y arco que sujetaba en su mano un gran bloque de hielo puro. Toda ella tenia un resplandor azulado propio que daba un aspecto etéreo y misterioso a la caverna que se alzaba a sus espaldas, aun siendo de noche su brillo era intenso.
- Tened vuestros sentidos bien atentos - advirtió Sejuani - esos cerdos lucharan con uñas y dientes por defender este lugar. Pondremos fin a esto, aquí y ahora.
- Demostrémosles de que están hechos los verdaderos hijos del hielo - susurró Gilda, excitada por el inicio de la batalla
Fuimos los primeros en atacar. Nuestros arqueros dispararon a los centinelas avarosanos que vigilaban desde la muralla y, después de tumbarlos con precisión mortal, avanzamos con discreción a través del pequeño bosque hasta llegar a la pradera y la ribera del lago. Sin embargo, nuestra cuidadosa infiltración fue abruptamente interrumpida. En nuestra prisa, cometimos un error fatal: nos olvidamos de ejecutar a un centinela oculto, cuya existencia pasó desapercibida hasta que ya era demasiado tarde.
De repente, un espíritu alado, rápido como un halcón, emergió de entre los árboles, volando hacia el cerro donde nos encontrábamos. La luna llena iluminaba sus plumas plateadas, alumbrando a su alrededor como un faro.
- Maldita sea.... nos han descubierto... - Escuché a Sejuani maldecir en voz baja pero vehemente, su tono cargado de frustración. Sus manos se apretaron en torno al mango de su mangual dejando sus nudillos blancos de la tensión.
Sejuani alzó su mano, llamando al silencio entre nuestras filas. Sus ojos, fríos y calculadores, se movieron rápidamente mientras evaluaba la situación. La ventaja del ataque sorpresa se había desvanecido, y ahora debíamos adaptarnos rápidamente o arriesgarnos a ser aniquilados antes de llegar a nuestras metas. Los guerreros a nuestro alrededor se prepararon para lo inevitable, sus miradas en la muralla, ahora que sabíamos que estaba alerta. Un cuerno de guerra resonó en la distancia como un bramido acelerando nuestros corazones.
- ¡Cargad!¡Luchad como animales! - gritó a su ejército
ASHE
Un centinela había presenciado cómo asesinaban de un flechazo a su compañero justo cuando iban a cambiar el turno. Con el corazón acelerado, corrió hacia el cuartel y encendió la antorcha para alertar al resto. Pero en las murallas nadie contestó: todos estaban muertos. Desesperado, se adentró velozmente en el campamento para alertar a los guardias, y pronto la voz de alarma se propagó, alguien nos atacaba y los avarosanos responderíamos.
En cuanto me alertaron, me enfundé el traje de combate, tomé mi arco y mi carcaj, lista para proteger a mi gente. Junto con mi marido, corrí con mis guardias hacia la torre para otear la oscuridad en busca de nuestros enemigos. Respiré hondo y contuve el aliento, apuntando hacia el bosque. <<No dispares a dónde está el objetivo, sino a dónde estará. Esa es la visión verdadera... guíanos, Anivia>>, pensé, y solté el aire contenido. Entonces, disparé.
La flecha de hielo, radiante como un halcón en pleno vuelo, cruzó la noche, revelando la senda con su luz azulada.
SYLAS
ASHE
Los ursine se transformaron y saltaron sobre la muralla, arrollando a todo aquel que se cruzara con ellos. Su rugido resonó en el aire, infundiendo terror en los corazones de mis guerreros.
- ¡Salid de ahí, protegeos! - grité inútilmente, viendo cómo los cambiapieles avanzaban con una fuerza y velocidad implacables. Sus colosales cuerpos de oso derribaban a mis soldados como si fueran muñecos de trapo.
Corrí hacia los arqueros en la torre, mi mente concentrada en encontrar una forma de frenar a esas bestias.
- ¡Adelante! - ordené con la voz firme y clara - ¡Que vuelen las flechas!
Los arqueros respondieron de inmediato, soltando una lluvia de flechas sobre los guerreros de la Garra Invernal. Pero los berserkers y los cambiapieles parecían inmunes a los proyectiles. Aunque las flechas se clavaban en sus cuerpos, estos seguían corriendo con furia salvaje hacia nosotros, con un fervor que solo los seguidores de Sejuani podían exhibir.
SYLAS
Una lluvia de flechas descendió sobre nosotros, protegiéndome con mis propias cadenas esquivé los proyectiles. Al llegar a las murallas, me impulsé hacia arriba con ellas y me adentré en la fortaleza para pelear. Algunos guerreros ya habían caído bajo la primera oleada enemiga, pero la mayoría seguía en pie y junto con Sejuani rompieron las puertas y penetraron en la fortaleza.
Salté al patio para luchar junto a la líder de la Garra Invernal, sin embargo, una nueva oleada de flechas nos obligó a retroceder. Cada vez estaban presionando más sobre nosotros.
- ¡¡Resistid y luchad!! - bramaba Sejuani a sus guerreros - ¡No toleraré la debilidad! ¡¡Morid con el arma en la mano!! - Ella azotaba su mangual de hielo puro de lado a lado, golpeando y congelando a todo aquel que se cruzaba en su camino - ¡Bristle, ataca! - ordenó a su montura, el drüvask embistió con sus colmillos un soldado que peleaba con espada y escudo y lo estrelló contra el muro.
De repente, una joven arquera descendió al patio de un salto desde el muro, rodó con gracia sobre el suelo y disparó con velocidad cegadora a todo aquel que se acercaba a ella. Su pelo blanco danzaba al ritmo del combate. Sacó de su carcaj una enorme flecha de hielo y apuntó directamente a Sejuani, concentrándose para disparar.
- ¡Sejuani! - gritó, haciéndose oír por encima de las voces y el ruido de la lucha - ¡Esto no es necesario!
- ¡Ashe! - masculló Sejuani con una sonrisa torcida - al fin saliste de tu madriguera
- Me nombraste hermana de batalla una vez, no me hagas luchar contra ti
- Tranquilo Bristle yo me encargo de la arquera... - susurró a su mascota, acariciándole entre las orejas, el cerdo dejo de gruñir
- No me tomes a la ligera Sejuani. Me enfrentaré a ti hermana si con ello consigo dar a Freljord un futuro mejor
- Deja de llamarme hermana, eso terminó el día que traicionaste el legado de Grena, traicionaste a tu propia madre y a mi
- ¡No! Mi madre confió en mi para guiar a mi pueblo, yo solo cumplo mi juramento, no repitamos los errores del pasado, si nos uniéramos seríamos invencibles
- ¡Ahhhhh!¡Calla ya! Eres débil Ashe, y los fuertes toman de los débiles - escupió Sejuani - yo ya tomé mi decisión, él único camino es que tu cabeza ruede por el suelo
- Tu madre no era precisamente una buena líder, no deberías seguir sus enseñanzas. No confundas la piedad con la debilidad
- ¿Piedad?... ja, no me hagas reír, eso es precisamente lo que te debilita, Ashe, el amor te ha hecho débil. No tienes las agallas que hacen falta para tomar las decisiones importantes, ya te lo dije, para gobernar debes estar dispuesta a mentir, a matar y a sacrificar. Ahora la cuestión es ¿Qué se romperá antes? ¿El arco... o tu?
- Te mataré si es necesario para proteger a mi gente - advirtió la arquera
- ¡Estoy esperando! - bramó Sejuani, arreando a su montura mientras alzaba el mangual, girándolo con fuerza en el aire, lista para cargar y arrollar a la líder enemiga.
Pero ella disparó primero. Raudo moví mis cadenas y desvié la flecha. El proyectil se estrelló contra la pared del muro con un crujido de hielo. La muchacha frunció el ceño maldiciendo, dio media vuelta y corrió hacia las escaleras, subiendo de nuevo a la muralla para seguir disparando desde la distancia.
- ¡Huid, cobardes! - vociferó Sejuani - Escóndete tras tu muros si quieres, Ashe, pero no escaparás de mí - le gritó Sejuani a la líder enemiga, después volviéndose con su montura, animó a su ejército. - ¡Que no quede una cabeza sobre los hombros! ¡Quien consiga más muertes se convertirá en mi próximo capitán!
Nuestros arqueros intentaron abatirla, pero un hombre con una gran espada la protegió, desviando los proyectiles. Desde lo alto, la líder enemiga disparó de nuevo en dirección a Sejuani, tres flechas a la vez. Una rebotó en el casco de Sejuani; las otras dos, certeras alcanzaron el cuello de dos guerreros a su lado, que cayeron sin emitir sonido.
ASHE
Fruncí el ceño. Una flecha surgida desde las filas enemigas voló directa hacia mí, pero Tryndamere, atento como siempre, la desvió rápidamente con su espada. Corrí hacia los muros defensivos y, una vez allí, cargué tres flechas en mi arco y disparé.
- ¡Por Freljord! - Una de las flechas rebotó en el casco de Sejuani, las otras dos se clavaron en el cuello de dos de sus seguidores, que aguardaban detrás de ella. Ella me miró con rabia, intentar razonar con Sejuani parecía una tarea cada vez más difícil.
La batalla rugía con intensidad a nuestro alrededor. Los gritos de los combatientes y el estruendo del acero chocando llenaban el aire. Los ursine desataban su furia sobre mi ejército, arrancando miembros y aplastando huesos con una ferocidad inhumana.
- ¡Debemos seguir presionando! - grité a mis arqueros. - ¡No dejéis de lanzar flechas! ¡Manteneos unidos!
Tryndamere giraba con su espada, derribando a todo aquel que se acercaba a nuestras posiciones. Cada tajo era preciso y mortal. Cuando el último ursine cercano cayó, volvió junto a mí. Su rostro estaba marcado por la fatiga, pero sus ojos seguían ardiendo con determinación. Yo, en cambio, sentía el peso del fracaso: no había logrado convencer a Sejuani de que esta guerra era un error y ahora debía mirar por mi pueblo y protegerlo sin más dilación. Me giré hacia Tryndamere con tristeza en mis ojos.
- Esto no puede continuar así. No puedo permitir que nuestro pueblo sea masacrado por esta insensata guerra entre hermanos - murmuré, antes de que Tryndamere se volviera hacia las escaleras evitando que el berserker que corría hacia nosotros nos alcanzara - Llamaré a los chamanes para que convoquen a Anivia, ella pondrá fin a esto.
Tryndamere asintió con expresión sombría.
- Todo aquel que no sea un hijo del hielo, que se refugie en la fortaleza. No podemos permitir más bajas innecesarias.
- Avisaré a los demás para que se resguarden durante la tormenta, terminemos con esto...
Vi a Tryndamere alejarse hacia la torre y yo corrí hacia el interior de la fortaleza. No quería involucrar a los dioses en esta guerra, pero no me habían dejado otra opción, Anivia era nuestro último recurso.
El cuerno de guerra resonó una vez más, profundo y prolongado, haciendo temblar las paredes del edificio.
Los chamanes me vieron llegar y comenzaron a moverse sin necesidad de órdenes. Sabían lo que debían hacer Sus cánticos comenzaron a reverberar a través del campo de batalla. Las palabras antiguas y poderosas invocarían a Anivia, el espíritu de la tempestad y la guardiana de Freljord.
- Alabada seas Anivia, reina de la escarcha... danos la libertad para viajar siempre a salvo y guíanos en la tormenta... abracemos el cambio...
A medida que los chamanes elevaban sus voces, el viento arreció, trayendo consigo una helada que calaba hasta los huesos. Las nubes oscurecieron el cielo y los los relámpagos comenzaron a rasgar el horizonte. Y entonces, ella apareció. Una figura majestuosa y resplandeciente, emergió de la tormenta. Anivia, el criofénix, desplegó sus alas de hielo puro, ojos que brillaban con una sabiduría ancestral.
El campo de batalla se convirtió en un torbellino de hielo y viento. Anivia descendió de los cielos, las alas de la diosa creaban barreras de escarcha que detenían el avance de los enemigos. Los cambiapieles y berserkers de la Garra Invernal, por muy temibles que fueran, comenzaron a titubear ante la presencia del espíritu ancestral. Incluso Sejuani, a pesar de su ferocidad, no pudo evitar mostrar un atisbo de duda en su mirada al ver la magnitud del poder de la Guardiana de Freljord.
SYLAS
La lucha se alargaba demasiado. La llegada de aquella diosa ancestral había cambiado por completo el rumbo de la batalla. La balanza, irremediablemente, se inclinaba hacia el lado de Ashe. Los nuestros caían, una tras otro, bajo el azote del hielo puro del fénix, y cada vez estábamos más dispersos. Estábamos perdiendo.
Vi a un ursine lanzarse contra Ashe, pero su cuerpo empezó a congelarse poco a poco por la magia elemental de aquel ave de escarcha. Ashe disparó varias flechas seguidas que se clavaron en su pecho. Congelado e inmóvil, el enorme guerrero se quebró como cristal, reducido a esquirlas de hielo.
-¡No retrocedáis! - rugió Sejuani, intentando mantener la moral de sus tropas. - ¡Luchad hasta el último aliento!
Yo me mantenía cerca de ella, pero avanzar se volvía cada vez más difícil. No hubo descanso. Mis cadenas se movían sin tregua, desviando proyectiles enemigos y esquirlas heladas invocadas por la deidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario