jueves, 13 de noviembre de 2025

LOS OJOS DEL HIELO - CAPITULO 8

Cambio de planes


SYLAS


El viento del norte ululaba entre las tiendas del campamento, cargado de la amargura de la derrota. Las llamas del fuego titilaban, débiles, reflejándose en los ojos cansados de los guerreros de la Garra Invernal. Nadie hablaba. El silencio dolía más que las heridas.

Sejuani permanecía junto a la hoguera, el rostro endurecido, la mirada fija en el horizonte helado donde Ashe se había alzado victoriosa bajo el amparo de la diosa del hielo. Su respiración era pesada; sus puños, aún tensos sobre el mango del mangual.

- No deberíamos habernos ido - murmuró, sin apartar la vista del fuego - Tendría que haber luchado hasta mi último aliento.

- Y habrías muerto - le respondí con calma - No puedes gobernar Freljord desde una tumba.

Ella me lanzó una mirada gélida.

- ¿Pretendes que me consuele con palabras de cobarde?

- Pretendo que pienses - contesté, dejando que mis cadenas se deslicen lentamente por la nieve - Tómalo como una pausa, no como una rendición. Eres una líder fuerte, pero necesitas soldados, no mártires. Cada uno de tus guerreros vale por diez avarosanos, pero Ashe te supera en número… y en aliados.

Sejuani soltó una carcajada amarga.

- ¿Y qué propones?  Ashe lleva años llenándoles la cabeza con cuentos de unidad y esperanza.

Sabía cómo hablarle. No de debilidad ni de pérdidas, sino de poder. Era el único idioma que Sejuani respetaba.

- Propongo adelantar nuestro pacto - dije, inclinándome ligeramente hacia ella - Ayúdame a liberar Demacia. Ayúdame a derribar sus muros y sacar de sus mazmorras a los magos que allí pudren sus dones. Ellos pueden ser tu ejército.

Su ceño se frunció, pero no apartó la mirada.

- Los magos… - repitió con desconfianza.

- Sí. Ashe ya ha invocado a su diosa - continué - ¿Cuántas veces más podrá jugar esa carta? Imagina un escudo que proteja a tus guerreros en batalla, manos que sanen sus heridas, hechizos que derriben murallas sin gastar una sola lanza. Eso puedo darte. Ya has saqueado aldeas antes; ahora, podrías conquistar un reino. Si yo solo pude hacer la ciudad entrar en caos el día que escapé, un ejercito organizado puede derrocar a la nobleza y a la milicia demaciana fácilmente - sonreí

Mis palabras se hundieron en ella como el filo de un cuchillo contra la carne. Sejuani no era tonta; sabía reconocer una oportunidad cuando la veía. El fuego del campamento proyectaba sombras danzantes sobre su rostro: orgullo, duda… y ambición.

Finalmente, asintió con un leve movimiento de cabeza.

- Está bien. Te ayudaremos. Pero dime, ¿Cuál es tu siguiente paso?

Guardé silencio unos segundos. Había algo más que debía resolver antes de partir al sur. Algo que no podía explicar del todo, ni siquiera a ella.

- Tú y tus guerreros debéis ir a las ruinas de Zeffira, dentro del bosque oscuro - Allí esperan algunos de los magos renegados que liberé el día de mi huida. Dirige tus fuerzas hacia ellos. Yo os alcanzaré más adelante.

- ¿Cómo? ¿Es que no vendrás con nosotros? - preguntó, desconfiada.

- Aún no - repliqué - Tengo una última misión en Freljord.

- ¿Es por ese sueño tuyo? - Su tono fue más una acusación que una pregunta.

Asentí.

- Hay un poder que me llama, Sejuani. Debo dirigirme al norte.

Sejuani frunció el ceño, pensativa.

- He oído leyendas. Dicen que tres hermanas dominaron Freljord hace siglos… y que una de ellas aún vive. La llaman la Bruja del Hielo. Si tus sueños te conducen hacia ella, más te vale no seguirlos.

- Entonces debo encontrarla, si me otorga ese poder, no habrá nada ni nadie que pueda pararme. ¿No quieres esa fuerza de tu lado?

Sejuani no contestó a mi pregunta, en vez de ello, hubo unos instantes de silencio sopesando mis palabras

- Te esperaré dos estaciones, si para entonces no has vuelto partiré por mi cuenta con tu rebeldes a mi cargo

Afirmé satisfecho y me levanté para prepararme. Ella no sonrió, pero tampoco me detuvo.


SEJUANI


El amanecer llegó teñido de gris. El frío mordía la piel, recordándonos que el Freljord no ofrece consuelo a los débiles.

Montada sobre Bristle, recorrí las filas de mis guerreros. Las heridas aún sangraban, pero sus ojos seguían ardiendo con la misma rabia.

- ¡Escuchadme, hijos del hielo! - rugí - Ayer, los avarosanos nos hicieron retroceder con su magia ancestral y su cobardía. Pero no nos vencieron. ¡Estas heridas nos hacen más fuertes! Nos reagruparemos, nos sanaremos, y cuando el hielo vuelva a temblar bajo nuestros pasos, los Avarosanos recordarán lo que significa enfrentarse a la Garra Invernal. ¡Ashe no escapará de nuevo a esconderse!

Mi voz se alzó por encima del viento.

- ¡No necesitamos dioses! ¡Somos su tormenta!

Las hachas chocaron contra los escudos. El sonido resonó como un trueno.

Bajé la mirada hacia mis compatriotas que gritaban eufóricos.

- Iremos al sur - continué -. Los magos de Sylas nos darán las armas que el hielo no puede forjar. ¡Y con ellas, volveremos a reclamar el Freljord!

El grito de guerra se alzó como un rugido de bestias liberadas.


SYLAS


Partí antes del atardecer, Sejuani ya desmontaba el campamento, preparando a su tribu para la marcha hacia Demacia. Las fogatas moribundas parpadeaban a mi espalda mientras el viento borraba nuestras huellas. No miré atrás.

Caminé durante muchas horas, y me llevó casi todo el día rodear Rakelstake. Desde la distancia, las torres de piedra gris y la enorme estatua de Avarosa parecían desafiar al cielo; su silueta erguida y de un azul brillante se desvaneció entre la niebla que se alzó con la caída de la noche. El hielo manchado de sangre tras la batalla también quedó atrás, como un recuerdo que el frío quería borrar. El viento arrastraba un olor metálico desde las montañas, y la humedad del lago me calaba hasta los huesos como mil agujas.

Acompañado únicamente por la luz de la luna, bordeé el lago y seguí el cauce de un río que descendía entre riscos cubiertos de escarcha. El camino me condujo hasta un asentamiento abandonado: Naljaäg. Estaba enclavado bajo una cascada helada, medio oculto por las columnas de hielo que colgaban de la roca como colmillos. Las chozas de madera y piedra estaban vacías, las puertas arrancadas por el viento. Entré en una de las casas, solo encontré restos de un hogar apagado hace años y silencio.

Aun así, encendí un fuego. El chisporroteo fue casi un milagro en aquel lugar muerto. Dormí poco; los sueños regresaron, más vívidos que nunca. Vi a tres figuras envueltas en luz azul, sus rostros ocultos tras máscaras de hielo. Una de ellas me tendía la mano. Desperté sobresaltado: una bestia rugía entre las montañas, demasiado cerca.

Dejé Naljaäg al amanecer. El río seguía su curso hacia el este, alejándose de mi destino, así que lo abandoné y me interné en el páramo: una extensión infinita de nieve endurecida por el viento, sin árboles ni vida. Avancé durante días, guiado por las estrellas y los fragmentos de esas visiones.

En el horizonte, las montañas se alzaban como dientes de un monstruo dormido, y los glaciares descendían desde ellas como ríos petrificados. Con cada paso me alejaba del calor humano y me acercaba a algo más antiguo, más profundo. El viento aullaba entre las rocas del páramo, y entre sus ecos escuché de nuevo su voz, guiándome hacia lo desconocido.

Al final del quinto día, el terreno se hundió en un valle. En su fondo dormía un lago cristalino, tan quieto que reflejaba el cielo con una perfección irreal. Varios glaciares confluían en sus orillas, resquebrajándose en grietas que emitían sonidos profundos. Me detuve un instante, sintiendo que estaba muy cerca de llegar a mi destino.

Al avanzar por la falda de la montaña, el paisaje comenzó a estrecharse hasta formar un corredor natural de roca pulida por el viento. Allí, casi oculto bajo una capa de hielo, distinguí un relieve antiguo: la figura de un carnero de cuernos descomunales, grabado con gran precisión. Debajo, talladas en una lengua que apenas entendía, unas pocas palabras seguían legibles: «Una vez que un humano se arrodilla, rara vez vuelve a ponerse de pie».

A lo lejos, recortadas contra la ventisca, emergieron unas formas pétreas que por un momento confundí con gigantes inmóviles. Unas estatuas, se erguían como centinelas contra el horizonte. 

Seguí caminando hacia ellas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario