domingo, 16 de noviembre de 2025

LOS OJOS DEL MIEDO - CAPÍTULO 9

Me adentré en la mente de aquel mago que avanzaba, sin saberlo, hacia mis dominios. Su presencia se hacía más nítida con cada sueño que compartíamos, cada vez estaba más cerca. Estaba convencido de que aquí encontraría la fuerza que necesitaba para su cruzada… pobre criatura. Cuando ambos despertamos de su visión, no pude evitar sonreír. Creía venir en busca de un arma para su causa, sin imaginar que será él quien acabaría sirviendo a la mía.

Tras la batalla contra el Señor del Trueno, cuando Lissandra y sus hermanas sobrevivieron a su castigo, ella comprendió una amarga verdad: la fuerza que poseían no bastaría si otro dios decidía aplastarles. La humanidad, frágil y testaruda, seguiría siendo un juguete entre aquellas entidades divinas.

Por fortuna, su ceguera se convirtió en su don: le permitió ver las cosas que están más allá de la vista, le permitió ver la magia que le rodeaba y comenzó a entender cómo usarla a su favor.

Despojada de visión, Lissandra aprendió a caminar por los sueños, al menos ellos le permitirían volver a ver una vez más. Una noche, mientras viajaba y recorría las caprichosas visiones de los que estaban a su alrededor, la joven bruja escuchó una voz extraña en la oscuridad y al seguirla encontró la presencia de unas criaturas enormes con un poder inmenso que se hacían llamar los Vigilantes. Estos seres hablaron con Lissandra y le explicaron que eran de otra dimensión muy oscura y antigua conocida como el Vacío, un abismo eterno que no solo prometía un final, sino también el infinito. Era la muerte, peligrosa y llena de potencial. Ellos le ofrecieron otorgarle el conocimiento y poder que necesitaba para vencer a los dioses y liberarse de sus ataduras por siempre. A cambio de ello solo pedían una cosa, que Lissandra les sirviera y preparara Runaterra para la llegada del Vacío. 

A escondidas de sus hermanas mayores, Lissandra hizo un trato en su nombre con estas entidades divinas. Ella, a pesar de que no deseaba tener que depender de otro ser, veía ahí una oportunidad de usar lo aprendido de sus nuevos señores para expulsar a los dioses junto con los propios Vigilantes, así que decidió aceptar. Estos, le dieron la ubicación y el día de su llegada y, para cumplir con su misión, los vigilantes les otorgaron poderes, algo cercano a la inmortalidad. Las tres hermanas y sus seguidores se volvieron mucho más fuertes, tenían una fuerza y destreza monstruosas, eran prácticamente inmunes al frío y sus cualidades aumentaban aún más cuanto más frío hacía. Por esa razón fueron bautizados como los Hijos del Hielo. Quienes poseyeran la capacidad de aguantar el frío más entumecedor serían perdonados hasta el final.

Sin embargo, cuando Lissandra le explicó a sus hermanas la situación, ellas recelaron y las tres entraron en conflicto. Por su parte, Avarosa sostenía que la única cosa peor que la muerte era la servidumbre, que no había luchado tanto por su libertad y la de su gente para buscar un nuevo yugo. Serylda, se molestó al escuchar las palabras de su hermana menor, preocupada por lo que sería del mundo que tanto amaba y por el que habían peleado una vez que llegaran los Vigilantes.

Lissandra intentó aplacar los temores de sus hermanas mientras pedía más tiempo a los Vigilantes, pero a la nada inescrutable no le importaban esas nimiedades y viéndose superada por sus hermanas, al final decidió cooperar. Para detener la llegada de los Vigilantes, las tres hermanas tuvieron que pedir ayuda al dios Ornn. Avarosa fue la primera en intentar convencerlo, exponiéndole que los monstruos atacarían a los humanos y lo agasajó con regalarle metales y gemas para su forja, sin embargo, el Gran Maestro Artesano no aceptó ayudarla, eso no era un asunto suyo y que no podrían comprarle con ningún metal ni piedra preciosa. La segunda hermana, Serylda, intentó convencerlo de nuevo para que les ayudara, exponiéndole que debían cavar un inmenso abismo para arrojar allá a las peligrosas criaturas que acechaban a la humanidad y construir un puente enorme que serviría para evitar que salgan de ahí. Ornn respondió de nuevo que debían encargarse ellas mismas de la tarea pues habían declarado su independencia de los dioses.

Finalmente, Lissandra, la menor de las tres hermanas, logró hacerle cambiar de opinión. Sabía que, a pesar de su imponente apariencia, el dios Carnero era empático y sentía amor por la naturaleza. Usando su astucia, habló al dios de la cantidad masiva de gente inocente, animales, y bosques que, incapaces de protegerse, morirían y desaparecería del mundo con la llegada de esos monstruos, que incluso la misma tierra sufriría daños si aparecían. Ornn aceptó de mala gana el trabajo, con su pala, cavó un abismo tan profundo que no podía verse el fondo y con su martillo, construyó un inmenso y hermoso puente que duraría toda la eternidad para evitar que subieran.

Pero Lissandra sabía que ésta era su oportunidad, porque si obtenía suficiente conocimiento y poder de los Vigilantes, sería capaz de vencer a dioses y Vigilantes por igual con su ejército y así garantizar la libertad de la humanidad. Así que, sin avisar a sus hermanas, Lissandra poco a poco fue usando sus hechizos de magia elemental sobre el puente para hacerlo suficientemente frágil y así que los Vigilantes pudieran llegar.

Extendí mis sentidos más allá del Abismo, más allá del hielo y de la vasta noche que cubría el norte. Entre la maraña de mentes que latían en Runaterra, una brilló con una claridad casi insoportable: una luz encendida en medio de la oscuridad.

Me concentré, dejando que los recuerdos ajenos atravesaran mis sentidos. Entonces la vi: una guerrera de armadura plateada y su hoja lunar brillando contra la oscuridad púrpura del Vacío. La vi resistir lo que otros habrían contemplado con desesperación. Ella los había enfrentado antes. Y había sobrevivido.

Un poder antiguo y puro ardía en su interior. Sonreí. Hacía tiempo que no se cruzaba con un aspecto.

Me aparté del trance y me volví hacia el abismo. Desde la ventana de mi cámara, la oscuridad era total; no veía nada, como siempre. Pero sentía. Sentía el murmullo lejano de mis hermanas, sus voces atrapadas entre los muros helados del Abismo de los Lamentos. Sentía los ecos de los gritos de los Hijos del Hielo cuando el hielo puro los consumió. Y sentía también a ellos, a los Vigilantes, esperando en su prisión, aguardando, impacientes, el momento de despertar.

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