Caminos que convergen
Seguí avanzando entre los glaciales y valles sepultados por la nieve, guiada por el poder del aspecto. Este tiraba de mí fuertemente, seguía el rumbo que me marcaba, guiándome como la aguja de una brújula, siempre apuntado al norte.
Tras casi dos jornadas de marcha, divisé un pequeño asentamiento abandonado. Las casas se escondían tras una cascada congelada. Las gruesas estalactitas de hielo que descendían de ella atravesaban los tejados de madera de las casas colindantes. Algunas construcciones habían colapsado por completo; otras permanecían en pie, pero con puertas y ventanas arrancadas por el viento.
Me acerqué a la cabaña más próxima al camino, empujé la puerta con cuidado, esta crujió al abrirse. Estaba vacía, como esperaba, sin embargo no llevaba mucho tiempo así. Las cenizas frías de una hoguera descansaban en el suelo. Alrededor había restos de carbón, nieve removida y embarrada que alguien había pisado antes de que el frío volviera a congelarla. Sobre una mesa rota encontré unas pocas migas de pan endurecido.
Alguien había estado allí y se había marchado hacía poco, no más de tres días.
Pasé la noche en aquella cabaña. El viento silbaba a través de las grietas de la madera, y el hielo de la cascada crujía lentamente mientras avanzaba sobre la roca. Dormí poco, mi sueño se interrumpía repetidamente con cada sonido extraño, manteniéndome alerta. Cuando amaneció, retomé la marcha.
El camino descendía hasta un río que fluía lento bajo una costra de hielo. Lo seguí durante horas. El agua corría hacia el norte… igual que yo.
Tenía la sensación de seguir los pasos de alguien, no quedaban huellas en el suelo, pues el viento las debía haber borrado hacia días, sin embargo aun quedaba un rastro, una estela tenue, casi imperceptible. Magia. No era fuerte, ni reciente, pero el frío no había logrado disiparla por completo. Alguien había pasado por allí antes que yo… y avanzaba exactamente en la misma dirección.
¿Coincidencia? No lo creo.
Continué caminando, atravesando desiertos helados, lagos congelados y glaciares interminables, andando sola durante horas casi sin descanso. En aquellas tierras no había vida, ni los animales más fieros y fuertes del Freljord se atrevían a acercarse a aquel lugar inhóspito, donde nada podía crecer ni sobrevivir.
El rastro mágico seguía delante de mí, como una sombra invisible. Finalmente ascendí por un estrecho paso entre dos gigantescos glaciares. El viento rugía entre las paredes de hielo, pero la llamada en mi mente era cada vez más intensa.
Dos estatuas colosales custodiaban el paso por el que había ascendido. Guerreros de piedra con armaduras pesadas y cascos coronados por cuernos. Sus espadas descansaban clavadas en el suelo y miraban vigilantes el valle. Más allá de ellas se alzaba una fortaleza.
Hielo y hierro. Una ciudadela incrustada en la montaña, oscura como una cicatriz en la roca. No esperaba encontrar una construcción de tales dimensiones en un lugar tan remoto incluso para el Freljord. Dos enormes puentes atravesaban un gran y oscuro abismo hasta llegar a ella, en la entrada se elevaban dos torres negras rematadas en cristal, emitían un brillo azulado hacia el cielo gris.
Me detuve un momento observando el lugar. El puente era tan inmenso como la grieta que atravesaba, pero parecía sólido. Lo que realmente me inquietó fue otra cosa. El silencio. No había nadie custodiando aquel lugar, salvo las estatuas del paso. Ni guardias, ni voces, ni señales de vida. Ni siquiera una planta se atrevía a brotar entre las piedras. Era como una ciudad fantasma.
Decidida, aún así avancé, la llamada en mi mente provenía de allí. Un recuerdo que no era mío me indicaba que debía continuar, fragmentos de sueños y ecos de otros portadores del Aspecto.
Crucé el puente con paso firme, el viento soplaba
con fuerza sobre el abismo, pero no aparté la mirada de la ciudadela. Algo en
mi interior tiraba de mí con cada paso.
Cuando alcancé las
puertas de la fortaleza, lo comprendí demasiado tarde. Sombras se movieron a mí
alrededor. Una veintena de figuras emergió de la oscuridad que rodeaba la
entrada. Armaduras negras. En cuestión de segundos me rodearon, sin embargo no desenvainé mi arma.
Podía sentir el
poder que emanaba de aquellos guerreros. No eran simples soldados. Y aunque lo
hubieran sido, eran demasiados. Apreté los dedos alrededor de la empuñadura de
mi hoz lunar… pero no la levanté. Si aquella presencia me había guiado hasta
allí, no tenía sentido resistirme ahora.
-
Entiendo - murmuré.
Bajé la mano lentamente. Los soldados no dijeron una sola palabra. Se limitaron a escoltarme a través de las puertas de la ciudadela, hacia los corredores oscuros que se abrían en el interior de la montaña. Hacia el corazón de la fortaleza.