La prisión del sol
Desperté seguramente horas más tarde en una fría y oscura celda, aunque más bien parecía un agujero excavado en la roca. Sin ventanas, sin muebles, ni siquiera un camastro donde echarme ni un lugar donde asearme. Me habían despojado de mi armadura, quedándome con una fina camiseta y mallas.
Estaba dolorida, me sentía como si me hubieran dado una paliza, me recosté con cuidado contra la gélida pared y me rodeé con mis brazos para mantener el calor todo lo que pudiera. No sabía lo que me deparaba el futuro. Bueno, si lo sabia...aunque no quería asumirlo, evidentemente estaba condenada a muerte. Porque, ¿Qué suerte iba a tener sino? Los Solari no habían olvidado lo que hice.
Pasaban las horas sin que nadie viniera buscándome. Empecé a caminar en círculos algo impaciente, ¿Por qué tardarían tanto?¿Acaso no iban a condenarme? De repente tropecé con una pared cuando caminaba y la toqué con mis manos. En aquella absoluta oscuridad rodeé la celda guiándome con mi manos apoyadas en la pared como si fuera una invidente, calculé las dimensiones de esta, era sorprendentemente grande, pero vacía…Quería llegar a los barrotes de la puerta para intentar forzar la cerradura, pero deseché la idea enseguida. Si era incapaz de ver mis manos siquiera, menos capaz sería para forzarla y escapar. Volví hacía dentro frustrada y me recosté. Otra noche que pasaría frío en en esa oscura y solitaria prisión.
Me despertó el ruido chirriante de una puerta al abrirse y una débil luz que se acercaba, ¿Será de día fuera de aquí?¿Cuánto tiempo he pasado dormida?. Un hombre ancho de espaldas y que cojeaba un poco apareció y fui hacía los barrotes.
- ¿Cuánto tiempo tenéis pensado retenerme aquí?
Él simplemente me lanzó un mendrugo de pan duro y se marchó sin decir nada. Me resbalé cansada hacía el suelo.
Cada día, o eso creía, aparecía un soldado a traerme algo de comida o agua, aunque a veces tardaban más. Ya llevaba más de una semana allí encerrada, calculé.
Cuando mi enemigo sea yo
Enterré la cabeza entre mis manos afligida <<¿Cómo he llegado hasta este punto?¿Realmente me merezco este destino?>>, me apuñalaba la nostalgia, carcomiéndome por dentro los últimos hechos acontecidos en el templo Lunari, las lágrimas se me escaparon de los ojos y resbalaron por mis mejillas rápidamente al recordar la intensa lucha antes de ser capturada. <<A muerto gente inocente por mi culpa, si no hubiera preguntado a Halvard por mi orígenes seguiría vivo junto a su padre, pobre madre con su hijo, pobre anciano, porque tanta crueldad>>. Sollozaba en silencio por toda esa buena gente que me había acogido como si formara parte de su familia, entonces oí de nuevo una puerta chirriar al abrirse y alcé la cabeza, venía alguien.
Unos pasos se acercaron y se alumbró un poco la estancia de fuera a la luz de una tímida vela. La rutina de siempre, << otro mendrugo hoy, para variar>>. Había una jarra fuera, pegada a los barrotes, tenía sed.
El hombre se fue riendo llevándose consigo la pequeña vela, volviéndome a dejar entre las tinieblas y el silencio. Tiritando, busqué a ciegas el mendrugo de pan y la manzana, encontré primero el pan y me lo llevé a la boca. Después de eso creo que me desmayé del frío, cuando volví a estar consciente notaba mis labios fríos y cortados, seguramente estaba amoratada. No podía saber que hora era, en aquella oscuridad y soledad no podía saber si era de día o de noche. << ¿Quieren matarme de frío, sed y hambre en esta celda?¿o pretenderán torturarme antes?¿A que están esperando? >>.
Oí alguien sollozar a pocos metros de mi, al acercarme no vi a nadie, pero seguía llorando.
En algún momento entre mis cavilaciones perdí la consciencia, no se si dormida por el cansancio o un desmayo por el hambre y el frío. En cualquier caso me despertaron unos gritos que se acercaban, eran varias personas. Entraron dando un portazo a la puerta y pataleando, resistiéndose.
Después de eso se oyó el chirrido de la puerta de la celda al cerrarse y los pasos de los guardias hacia la salida de la prisión. Acto seguido los presos comenzaron a gritar insultos y dar golpes a los barrotes furiosos. Después de un rato se cansaron y solo quedo un lejano murmullo de los nuevos presos conversando.
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