Pasaron los años, las hermanas siguieron unificando a los mortales, cada vez tenían más seguidores y arrojaban a ese abismo a sus enemigos más peligrosos, pensando que habían solucionado el problema de los Vigilantes mucho tiempo atrás y sin sospechar de la traición de su hermana menor. Sin embargo, con el pasar del tiempo, Avarosa y Serylda notaron el desgaste del puente y entendieron dónde estaba la lealtad de su hermana.
En los últimos y oscuros días de la Guerra de las Tres Hermanas, las hermanas mayores de Lissandra por fin unieron fuerzas y marcharon con sus guerreros hacia la parte alta de las montañas para plantarle cara ante las murallas de su fortaleza, querían detenerla. Lissandra rápidamente tomó a sus seguidores más fieles y los acercó al abismo, preparada para la llegada de los Vigilantes. En el puente hubo una inmensa guerra, el ejército de Serylda y Avarosa peleaban a muerte por detenerla mientras que el ejército de Lissandra trataba de ganar tiempo.
De pronto, en medio de la batalla, el Vacío llegó al mundo mortal, la oculta lealtad de Lissandra hacia los Vigilantes se tornó indiscutible. Salió del abismo un inmenso Vigilante que pudo cruzar gracias al deterioro del puente.
El mundo material era algo nuevo para este ser, y se encontraba desconcertado cambiando constantemente de forma, intentando adaptarse a la tierra que lo rodeaba. El ser era inestable y retorcido. En una caótica y desagradable metamorfosis desenfrenada, emergieron de él cuernos y mechones de pelaje, y sus enormes extremidades tentaculares se trasformaron en brazos articulados con dedos que arañaban la roca desnuda de las laderas. Algunos guerreros fueron astutos y huyeron a tiempo con el trauma de ver tan terrible abominación, enloquecidos por su presencia, pero los que se quedaron vieron el poder del Vigilante.
Lissandra entonces entendió su error al ver el poder del Vacío. Subestimó a sus nuevos señores oscuros y ahora temía que el despertar de ese vigilante atrajera muchos más, provocando una situación que se volvería imposible de contener. Arrepentida y entre lágrimas, solo tenía dos opciones: dejar que el mundo fuera consumido por el Vacío o abandonar lo que más le importaba para intentar salvar Runaterra. Supo lo que debía hacer, decidió detener a los Vigilantes. Entregado por la diosa Anivia a los mortales que consideraba de buen corazón, Lissandra había tomado en sus conquistas un hielo sumamente resistente y que jamás acabaría de derretirse: el Hielo Puro.
La hermana menor tras invocar hasta la última pizca de magia ancestral que había a su alrededor, potenció su magia de hielo absorbiendo la de sus aliados y con una poderosa onda expansiva, congeló hasta la muerte a todo ser vivo en el puente y en el abismo, incluyendo a sus hermanas y a los seguidores de las tres, lo sacrificó todo en pro de sellar la grieta que se había abierto entre los mundos con Hielo Puro y sepultar así a los Vigilantes. Arrojó los cuerpos al abismo, donde se dice que, si te quedas quieto en silencio, aún se escuchan los aullidos de quienes cayeron del puente. Por esto se le nombró el Abismo de los Lamentos.
Pero Lissandra sabe que esta es una solución temporal, aunque sepultó a los Vigilantes bajo la barrera de hielo mágico, ellos sólo están hibernando. Su poder es tan grande y corrupto que su influjo poco a poco contamina el Hielo Puro convirtiéndolo en algo más siniestro, el Hielo Negro, el cual, se derrite lentamente. Los Vigilantes aún acechan a Lissandra, vagando por sus sueños, con la misma facilidad que ella por los suyos, y siempre se despierta aterrada, jurando lealtad a la escalofriante eternidad que prometía y atormentada por lo que hizo a sus hermanas, a su gente y por el futuro que se aproxima cuando despierten los Vigilantes.
Han pasado milenios y las tres hermanas aún son veneradas en el Freljord como las unificadoras. Por su parte, Lissandra reúne seguidores, recolecta el Hielo Puro que se encuentra en el mundo y busca a los descendientes de los Hijos del Hielo que escaparon, para hacerse de un ejército que combata en el inevitable día en el que los Vigilantes despierten de su letargo. Siempre con la esperanza de que encontrará una manera de vencerlos y salvar al mundo.
Sé que llegará el día…en que el hielo se agriete. En que las sombras despierten. En que mis pecados regresen a cobrar su deuda.
Y cuando ese día llegue, no sé si seré la salvadora del mundo…o su verdugo.
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