La chispa de la revolución
El viento helado de Freljord azotaba mi rostro, penetrando hasta los huesos, mientras avanzaba a través de la tundra blanca. En esta tierra no había grandes ciudades de oro, mármol y petricita como a las que estaba acostumbrado a ver, ni granjas con cultivos que cosechar y sacar provecho. La nieve interminable cubría todo, como una manta silenciosa y tan solo me acompañaba el frío viento en el camino.
Hacía semanas que viajaba por estas tierras inhóspitas, en busca de aliados que me ayudaran a derrocar a la tiranía e hipocresía demaciana. Mi misión era clara, pero la travesía estaba siendo ardua y solitaria. Durante el viaje, recordé todos los acontecimientos en los que había participado y que me habían llevado hasta aquel preciso momento, alimenté mi rabia con ellos, pues no debía olvidar cual era mi objetivo. La venganza.
Hipocresía. Crueldad. Injusticia. Muerte. Toda mi vida había estado oprimido, sin embargo, después de tanto tiempo encerrado, conseguí liberarme de mi prisión y escapar de Demacia. Ese fue el inicio de mi revolución.
En mi travesía secreta por el reino, encontré refugio entre magos exiliados y durante meses, recluté a aquellos que se escondían de los feroces Cazadores de Magos liderados por Eldred, el tío de Lux. Usé mi poder detectando magia para encontrar a estos individuos y convencerlos de unirse a nuestra causa contra Demacia, siempre con el mismo discurso.
"Camaradas magos, ¡Despertad! Mirad a vuestro alrededor. ¡Mirad! ¿A esto llamamos vida? Una vida en que nuestros seres queridos son arrancados de sus hogares y encarcelados, mientras vivimos con el terror constante de correr su misma suerte.
Si seguimos de brazos cruzados, así será. Esta ciudad se erigió como un santuario... para algunos. Para nosotros, no ha sido sino una cárcel bajo el yugo de un rey déspota y sus crueles Cazadores de Magos. Con nuestros huesos quebrados alzaron sus murallas, y con nuestra sangre colmaron sus copas.
Y yo digo: ¡basta! Basta de reyes. Basta de barrotes. Basta. Es hora de plantarles cara y rendir cuentas.
Mostradles el poder de la verdadera Demacia. Mostradles la fuerza de la unión entre magos. Si hoy derrocamos su cruel tiranía, tenéis mi palabra: mañana seremos libres."
Nunca permanecíamos en un lugar más de dos días, temiendo que los Cazadores de Magos y el ejército del rey Jarvan IV que seguramente enviaron tras de mí estuvieran cerca, siempre en movimiento, siempre vigilantes.. Debía ser el criminal más buscado de Demacia: Sylas el rebelde, Sylas el matarreyes, Sylas el desencadenado,... desde entonces había adoptado muchos apodos.
Durante un tiempo montamos un pequeño campamento en los bosques sagrados cerca de Terbisia, buscando a la Dama del Velo, Morgana, una deidad adorada por pobres y oprimidos. Las leyendas contaban que ofrecía su bendición a aquellos que querían justicia, pero a pesar de hallar rastros de magia antigua allí, no la encontramos. Debíamos encontrar más aliados, sabía que incluso con nuestros poderes combinados, no sería suficiente para derrocar a la monarquía demaciana. Una noche, tuve una revelación en un sueño, la respuesta que andaba buscando, soñé con tres poderosas hermanas del norte que poseían un gran potencial mágico, primitivo e incontrolable. Mis instintos me decían que debía ir hacía allí e investigarlo.
Pocos días después, me decidí a cruzar la frontera hacía Freljord, la cordillera de las Alargénteas. Mis compañeros rebeldes continuarían escondidos en las cuevas del bosque, pues sería difícil que sobrevivieran al norte un grupo tan grande. Solo doce magos me acompañaron en mi travesía para ayudarme, sin embargo, el destino tenía reservado el viaje solo para mi, en pocas semanas tan solo yo seguía adelante...
Una patrulla freljordiana me encontró en mi peor momento, a punto de morir congelado y me salvó. Les prometí riquezas, comida y la comodidad que las ciudades demacianas podían ofrecer, a cambio de que me ayudaran en mi lucha. Receptivos a mi oferta me llevaron hasta su tribu nómada, allí descubrí como de brutales eran en aquel clan, la Garra Invernal. Los vi en acción, no tenían reparo en saquear y aniquilar a otras tribus mas débiles para conseguir los pocos recursos que tuvieran. Su camino se dirigía a los valles del sur, cerca del clan Avarosano, pero yo debía seguir mi camino aún más al norte, buscando esa fuente de poder tan intensa. Me indicaron hacia donde debía dirigirme para encontrar el siguiente campamento y quizás conocer a su líder, Sejuani, tal vez ella tuviera respuestas.
Me acerqué a una taberna cercana y entré, el lugar era cálido en contraste con el frío exterior. El sonido de mis cadenas arrastrándose contra el suelo de madera acompañaba mis pasos y se mezclaba con el murmullo de la sala, llegué hasta la barra, y me senté para pedir una bebida. El tabernero, un hombre robusto con una barba espesa y una mirada desconfiada, me sirvió sin preguntar. La bebida era fuerte y quemaba al bajar, pero agradecí el calor.
Pensé entonces en mi próximo movimiento. Si quería llegar hasta Sejuani y que me apoyara ella también, necesitaba ganar la confianza de su gente, tenía que convencerlos de que esa unión temporal era beneficiosa para ambos. Mientras reflexionaba, la puerta de la taberna se abrió y un grupo de cazadores entró, trayendo consigo el aire helado del exterior. Uno de ellos, un hombre alto con mirada dura y con una cicatriz que le atravesaba la cara, se destacaba del resto.
Me acabé la bebida de un trago y me levanté de la barra para acercarme a su mesa.
- Necesito hablar contigo, Haldor - le dije, mirando directamente a sus ojos. El hombre me observó detenidamente antes de responder, la risas de sus compañeros se acallaron.
- Estábamos divirtiéndonos - se quejó, su voz era tan áspera como aquel yermo helado - no me pidas de nuevo que me una a ti en tu mísera rebelión, las injusticias de tus amigos magos no importan una mierda aquí - gritó y golpeó la mesa con su puño enfatizando su enfado - ahora déjanos en paz, estas molestando
- Deberías reconsiderarlo, esta unión nos beneficia a ambos, a todo tu clan en realidad - le respondí con voz firme pero pausada
- Estas acabando con la poca paciencia que me queda, Sylas de Dregbourne - respondió conteniendo su ira, entonces se levantó haciéndose notar era casi un palmo mas alto que yo, pero no me intimidaba su complexión - al final tendré que darte una paliza para que me dejes en paz o colgarte con esas cadenas tuyas de algún pino para alimentar a los wyvernos - rió burlándose de mi, mi mirada impasible fue mi única respuesta
Sus compañeros le animaron sus burlas y aquel hombre se envalentonó más.
- Que narices, salgamos fuera y terminemos con esto de una vez, no tengo ganas de verte más por aquí molestando.
En realidad, era la respuesta que esperaba de el, parecía que la única forma de convencer a aquella brutal facción era haciéndoles ver que eras tan fuerte o mas que ellos.
- Al final aceptarás mi oferta - le dije antes de salir de la taberna de un salto con mis cadenas
El enorme guerrero corrió detrás de mi visiblemente cabreado, había cogido sus armas del cinturón, el resto del clan había salido de la taberna apresurados por vernos pelear. Haldor sostenía en su mano derecha un mangual, su bola de acero rodeada de pinchos brillaba con una halo azulado y el hielo puro latía en su interior, en la otra, sujetaba una afilada hacha.
Nos enfrentamos en la nieve, la multitud se agrupaba en un círculo para observarnos. Haldor no perdía el tiempo, lanzó su mangual con fuerza, intentando golpearme. Me agaché y esquivé el ataque, sintiendo el aire helado del arma pasar cerca de mí. Contraataqué con mis cadenas, lanzándolas hacia sus piernas para hacerle perder el equilibrio. Haldor saltó hacia atrás, evitando mi ataque y respondió con un golpe de su hacha que cortó el aire a centímetros de mi rostro.
Los ataques se sucedían rápidamente, esquivábamos y contraatacábamos con furia. Utilicé mis poderes para absorber la magia elemental del mangual de Haldor, sintiendo el frío del hielo puro recorrer mis venas. Con un grito, liberé la energía mágica en un estallido que empujó a Haldor hacia atrás, haciéndole caer de rodillas en la nieve.
Él, se levantó tambaleándose, pero no se rendía. Volvió a la carga con una ferocidad renovada. Bloqueé sus golpes con mis cadenas, cada impacto resonando como un trueno en la calma invernal. Finalmente, en un rápido movimiento, lancé mis cadenas hacia el, envolviéndole las muñecas y me impulsé hacia delante golpeándole con mis puños con toda mi fuerza. Logré desequilibrarlo y aproveché para desarmarlo. Mis cadenas lo mantenían inmóvil.
Haldor intentó liberarse con una fuerza desesperada, pero las cadenas eran demasiado fuertes. Utilicé este momento para acercarme a él, mi mirada fija en la suya. Podía ver la rabia y la determinación en sus ojos, pero también el reconocimiento de mi poder. Con un tirón brusco, lo derribé al suelo, manteniéndolo inmovilizado.
La multitud que nos rodeaba guardó silencio, observando con atención. Sabían que este combate determinaría si era digno de su respeto y alianza. Con Haldor a mis pies, liberé un poco la tensión de las cadenas, permitiéndole respirar.
- Te lo dije, Haldor - dije, mi voz firme pero calmada. - Esta unión nos beneficia a ambos. La fuerza de Freljord y la magia de Demacia pueden derribar cualquier muro, cualquier enemigo.
Haldor me miró con furia, pero también con una chispa de admiración. Finalmente, asintió, aceptando su derrota.
- Más vale que tus palabras sean tan fuertes como tus cadenas... si nos traicionas, no podrás con todos nosotros - respondió, su voz un gruñido de advertencia.
Le ayudé a ponerse de pie y, mientras se sacudía la nieve de su ropa, los demás guerreros se acercaron, mirándome con una mezcla de respeto y curiosidad. Este era solo el primer paso para mi venganza, pero era un paso crucial.
Con Haldor a mi lado, nos dirigimos de vuelta a la taberna. El aire gélido aún era afilado y cortante como un cuchillo, pero ahora sentía una calidez interna, un fuego que no podía ser apagado. La travesía seguía siendo ardua, pero ya no era solitaria. Había dado el primer paso para forjar una alianza poderosa en esa tierra hostil, y estaba un paso más cerca de mi venganza contra Demacia.


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