Cuestión de confianza
Pasé un tiempo en el pequeño poblado, ayudando en la caza y curtiendo pieles, mientras el invierno se volvía más crudo e intenso. Los elnüks, nuestra principal fuente de carne y pieles, estaban migrando hacia los valles más cálidos de la costa oeste de Freljord, por ello, la tribu llevaba días cazando nada más que conejos y pequeñas alimañas. No tardarían en desmontar todo lo que pudieran del campamento y partir para seguir el rastro de los elnüks.
Una mañana, que había amanecido tranquila, estaba enrollando pieles curtidas en sacos para prepararlas para el viaje próximo. De repente, avisté algo en el horizonte acercándose al campamento a gran velocidad y dejé la tarea en cuanto lo vi. Una enorme bestia blanca corría hacia aquí. Me preparé listo para atacarla, sin embargo, mis hombros se relajaron al comprobar con sorpresa que había una persona montada encima del animal. El forastero viajaba a lomos de un drüvask. Se trataba de un muchacho joven, flaco y menudo, con el pelo rubio cenizo, el labio partido y la nariz ligeramente torcida. Su figura, parecía ridícula en proporción a la gran montura que llevaba. El enorme cerdo salvaje gruñó cuando su dueño lo detuvo.
Al descabalgar, me miró de reojo con sus fríos ojos grises, pero ignoró mi presencia y entró en la taberna dando un portazo. Sentí su esencia en cuanto se acercó, poseía magia. Con precaución, le seguí adentro y me senté en la barra a tomar algo mientras escuchaba atentamente su conversación.
- ¡Jorund el Gigante! - le saludó Haldor sarcásticamente - ¿Qué haces tu por aquí? Te creía con Sejuani en los picos.
- Precisamente ella me envía para buscarte, Haldor - respondió el forastero, serio - Esta reuniendo a los suyos, prepara algo grande.
El muchacho, el cual era casi la mitad de pequeño que Haldor, a pesar de su tamaño poseía una voz grave y profunda más propia de un adulto. Quizás era más mayor de lo que aparentaba, claramente su constitución endeble era engañosa, pues en realidad tenía la fuerza suficiente para dominar el drüvask.
- ¿Y sabes que planea? Tengo ganas de una buena batalla.
- Tendremos tiempo para hablar en el camino, ahora debemos salir cuanto antes - hizo una breve pausa antes de continuar hablando - huelo tormenta y de las que duran.
- Claro, en una hora estaremos listos, precisamente estábamos preparándonos para salir. Por cierto, hablemos un momento en privado... quería comentarte algo, una oferta jugosa que llevarle a Sejuani... - sus voces se alejaron y se perdieron entre los murmullos habituales de la taberna, sin embargo, sentí la fría mirada del mago en mi nuca, sin duda, hablaban de mi.
Cuando terminaron de hablar, volvieron con el resto de su grupo y el tal Jorund salió. Haldor entonces se acercó a mi y me abordó.
- Hola Sylas - saludó con seriedad, yo le respondí con un gesto de cabeza - Supongo que te has fijado en el nuevo..., le he hablado de tu oferta y te permitirá acompañarnos para exponerla a Sejuani, has conseguido la oportunidad que estabas esperando
Recogí entonces las pocas pertenencias que tenia y me uní al grupo de Haldor. Habían reunido varios caballos lanudos para seguir a Jorund y su drüvask hasta el campamento de Sejuani. Cuando me acerqué, el mago me dedicó una mirada glacial y desconfiada, pero me mantuve firme. Le incomodaba con mi presencia, pero no puso objeciones a que me uniera. Finalmente, nos repartimos las monturas y partimos. Jorund lideraba el grupo, seguido de Haldor, Birgitta y Gilda y yo que íbamos a la retaguardia del grupo.
Mi compañera de viaje, apenas una niña de trece años, era una guerrera muy valorada a su corta edad. Además de ser una hija del hielo, la muchacha era rápida y letal.
Los días pasaban lentamente viajando con el grupo por la gélida tundra. La tormenta que presintió el cabecilla del grupo se adelantó y nos alcanzó en plena subida por el glacial, obligándonos a refugiarnos durante dos días. Mientras la tormenta rugía afuera, me senté solo en la entrada de la cueva, contemplando la inmensidad de la tundra y la violencia de la ventisca a su alrededor. Los músculos de mis brazos y hombros se relajaron cuando el peso de las cadenas se apoyó en el frío suelo. Recordé los días en Demacia, la traición y el sufrimiento.
Desde muy pequeño los Cazadores de Magos me separaron de mis padres y me utilizaron como una herramienta. Marcaron mi piel con el signo de la logia, para que todo el mundo supiera que era de su propiedad. Killian, mi mentor, me enseñó a utilizar mis poderes, convirtiéndome en su mejor buscador. Gracias a ellos encontraba la gente que poseía habilidades mágicas. Daba igual que tuvieras mucho potencial o apenas pudieras utilizarlo, ambos eran el objetivo de los cazamagos. Por mi culpa, decenas de familias fueron divididas por la "afección" de la magia: hijos apartados de sus padres, hermanos alejados de sus hermanas, mujeres arrancadas de los brazos de sus maridos..., sin embargo, comprendí que no se aplicaba la ley de igual forma a todo el mundo. La nobleza, los ricos... eran ignorados, comprendí que solo la gente de bajo estatus y los pobres eran los que abarrotaban las celdas.
Un día, me obligaron a entregar a una niña inocente, aunque poderosa, que se ocultaba en un granero. Estaba asustada pues su magia se había despertado y no sabía como gestionarla, los cazadores me exigían que la entregara y me rebelé negándome, pero cuando intenté defenderla, le toqué la mano y mi poder se descontroló, hubo un estallido de magia y a causa de ello los cazadores y la niña murieron. Intenté huir después de aquello, sin embargo, los cazamagos me atraparon y me echaron a una celda siendo solo un niño. Marcaron mis brazos con runas de drenaje y en cuanto mis brazos tocaron la petricita, desfallecí, agotado por la magia que absorbía aquel material.
Después de tanto tiempo había reclamado mi libertad y mirando la fría noche me asaltaron las dudas. ¿Valía la pena arriesgarlo todo por una alianza incierta? Necesitábamos aliados, aunque... ¿Qué les impedía atacarnos después y obligarnos a servirles? No estaba gastando tantos esfuerzos solo para cambiar de amos. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un rugido distante, pero no pude evitar preguntarme si estaba destinado a fallar.
Al entrar de nuevo en la caverna, encontré a mis compañeros contando historias alrededor de una fogata, me acerqué a ellos para entrar en calor. La luz del fuego proyectaba sombras danzantes en las paredes y cuando llegué hasta ellos se quedaron callados, tan solo el crepitar del fuego y el ulular del fuerte viento fuera de aquella cueva llenaban el silencio que allí reinaba.
- No seáis tímidos - promulgué con un tono desenfadado - quiero oír el final de esa historia, parecía interesante lo que estabas contando Haldor.
Alrededor del fuego, Haldor rompió el silencio.
- Estaba contando como fue la batalla de los Riscos de Ornnkaal... - continuó Haldor
...Después de haber soportado el crudo invierno en las montañas, ya no nos quedaban casi víveres, por lo que bajamos hasta la costa norte de Ornnkaal cuando comenzó el deshielo. Allí había abundante pesca que conseguir y con amplias zonas para el pastoreo. Sin duda lo que necesitábamos para darnos un respiro durante el verano, incluso teníamos pensado cruzar el mar hasta la tierra de los ursine para comerciar con ellos pieles a cambio de algunos chamanes que nos acompañaran en nuestras batallas.
Sin embargo, al caer la noche fuimos emboscados por los guerreros avarosanos. Las filas de Ashe, escondidas en el bosque habían estado esperando nuestra llegada. Cuando la gran mayoría de nosotros dormía en sus tiendas, mataron a los centinelas de un disparo y comenzaron a incendiar las tiendas. El olor al humo y a cuero quemado me alertó a tiempo para que saliera de la tienda con mi familia antes de que fuera demasiado tarde. Me desperté sobresaltado con el hacha en la mano, entonces comencé a oír los gritos del campamento. Cogí a mi hija pequeña en brazos para sacarla de la tienda, mi mujer Svana cogió su mandoble y me siguió fuera.
Ordené a mi hija que se escondiera debajo de una de las barcas, era demasiado pequeña para enfrentarse a un guerrero ella sola, apenas podía mantener el equilibrio correctamente con su espada... no me había dado tiempo a enseñarle más, no todavía... cuando vi alejarse a mi hija Elina hacia la playa salté a la batalla junto a mi mujer. Espalda contra espalda atacamos a todo aquel traicionero avarosano que osaba acercarse. Pero eran demasiados, defendimos cuanto pudimos nuestra posición hasta que nos rodearon.
Alguien desde la lejanía disparó una flecha de hielo puro en nuestra dirección, pero no reaccioné a tiempo, la vi demasiado tarde como para proteger a Svana. La flecha atravesó el pecho a mi mujer y el hielo puro hizo su aterrador efecto, le congeló su corazón al instante.
Haldor se quedó callado unos segundos, seguramente reviviendo aquel momento en su mente.
- Ella no era una hija del hielo como yo, no podía soportar aquel frío. Su espada cayó al suelo y tintineó contra las piedras cuando ya no pudo sujetarla y yo, estaba destrozado. Rompí mi guardia y me abalancé enfurecido hacia mis enemigos atacándoles con mi mangual....Pero como ya dije, eran muchos, alguien clavó su hacha en mi hombro y otro me propinó un tajo en la cara, produciéndome esta cicatriz - confesó, su voz grave. Con sus manos señaló la cicatriz que partía su cara y continuo con su relato - Cuando caí al suelo me dieron por muerto y hubiera preferido que así fuera...
...Desperté a la siguiente noche, muy dolorido, en un charco de mi propia sangre, ya coagulada. Me levanté a duras penas y caminé hasta el cuerpo congelado de mi mujer, le quité la mortal flecha del pecho y besé sus labios fríos, despidiéndome de ella. Entonces me acordé de mi hija, debía estar escondida en las barcas y corrí hacia la playa para buscarla. Más tal fue mi desgracia aquel día que no la encontré allí, no había sido suficiente dolor ver morir al amor de mi vida, el cadáver de mi hija bailaba en la orilla, acunada por las olas de una marea roja. Mi pequeña se había defendido antes de morir, había conseguido clavar su espada en un avarosano antes de que le rajaran el cuello. Hubiera sido una gran guerrera si hubiera tenido la oportunidad...
- Aquella noche enterré a los dos amores de mi vida, la pira que encendí para ellas se elevó hasta el cielo iluminándolo. - acarició el collar que colgaba de su cuello, una punta de flecha azul y brillante como el hielo de su mangual, me vio observarlo - el hielo puro nunca se derrite, esto es lo único que quedó entre las cenizas. Desde entonces, busqué a Sejuani y me uní a ella, me dio un propósito. No permitiré que nadie me vuelva a arrebatar lo que amo nunca más, lucharé hasta mi último aliento por defenderlo. - su mirada cansada se dirigió a mi - Ese es el final de la historia Sylas, sangre y muerte allá donde vamos
- Una triste historia - afirmó Birgitta - por desgracia bastante común entre los nuestros - el resto del grupo asintió con la cabeza conforme a aquel comentario
- Nadie pondrá en peligro el vínculo que hemos construido con Sejuani - habló Jorund, sus ojos grises se encontraron con los míos, llenos de desconfianza y desafío.
- La lealtad ante todo - se pronunció la joven Gilda - inquebrantable como el hielo puro
Cuando terminó la tormenta pudimos emprender de nuevo el viaje y avanzar, sin embargo, las pausas para buscar comida y la espesa nieve seguían entorpeciendo el camino. Los paisajes, siempre nevados nunca cambiaban, dando la sensación de que no avanzábamos. El viaje continuó implacable con la nieve y el viento cortante sin dar tregua durante casi dos semanas. Jorund se mantenía a la cabeza, su figura menuda y su imponente drüvask abriendo camino a través de la ventisca.


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