En los dominios del rey
Nuestro grupo se había reducido desde que iniciamos el viaje. Aunque el equipo de centinelas permanecía intacto, los valientes soldados que nos acompañaban no habían corrido la misma suerte. Muchos de los compatriotas demacianos habían caído en combate dentro del bosque y con ellos, también se desvanecieron los ánimos. De los cien soldados iniciales, al menos un cuarto había caído, y de los sacerdotes, solo quedaban cuatro.
Una vez en la ciudad, decidimos tomar un breve respiro para recuperar fuerzas. Algunos soldados estaban heridos y necesitaban atención, aunque poco se podía hacer por ellos en ese momento. Nos dirigimos a un par de plataformas circulares de piedra, que se disponían enfrentadas, adornadas con inscripciones y con una escultura encapuchada arrodillada que sostenía una amplia copa plateada.
- Subid aquí - indicó Senna - son altares de los centinelas, nos protegerán temporalmente
El grupo se dividió, Senna subió a la primera plataforma, seguida por mí. Observé detenidamente la estatua, representaba una mujer de rostro fino y con cabello largo, que tenía los ojos cerrados. Lucian ocupó la plataforma opuesta, donde había una estatua similar pero con rasgos masculinos. Senna esperó hasta que todos estuvimos en la plataforma y luego se acercó a la copa, del cinto sacó un cuchillo y se hizo un pequeño corte en la mano, dejando caer unas gotas en aquella copa. Sus movimientos eran precisos y mecánicos, como si siguiera un ritual conocido. De repente, la sangre de la copa comenzó a arder en una intensa llama azul que iluminó los rasgos de la estatua.
- Te ayudo porque debo hacerlo... - una voz etérea y resonante proveniente de la estatua me sobresaltó


